Hay fortaleza en el reconocimiento de la debilidad. No es la mediocridad lo que te condena, es el engaño del que se disfraza, la sombra que viste, esa duda en tu cabeza. Murmurando que se puede; cuando el alma, agotada, se usa de alfombra.
Nos quedan por ver demasiados anexos de nuestros defectos como para llamarnos conocidos. Pero día a día leemos un pie de página nuevo, en el cual nos maravillamos y nos vemos tan sabios y arrogantes como para ignorar nuestra antipatía.
Somos ante todo, seres pasionales. Fuimos.
Seamos.
jueves, 7 de agosto de 2014
domingo, 25 de mayo de 2014
Inrendible.
Y en la calle es el silencio lo que acecha. Porque no hay nada más atemorizante para el paranoico de extrañas sencilleces que la falta, la ausencia, la negación de que algo exista persiguiéndolo. Así dista de encontrarse a resguardo. Se le notan los ritos, los métodos, la sublime plataforma de acto en la que ha decidido realizar una exhibición de subterfugios y galopes, patinando de tanto en tanto. Son los nervios lo que lo agobian y es la tensión lo que lo envenena.
El aire. Pesado y palpable como un ladrillo de colorado polvo se le planta de cara a su testarudez y le devuelve cada golpe de voluntad que asesta para continuar su procesión.
El aire. Pesado y palpable como un ladrillo de colorado polvo se le planta de cara a su testarudez y le devuelve cada golpe de voluntad que asesta para continuar su procesión.
jueves, 3 de octubre de 2013
Capítulo 7: Trastorno.
Y de todas las
memorias que habría elegido para sostener una batalla en contra, esta no era ni
por asomo la candidata a tal evento.
La situación se
agravaba y perdía noción de la realidad a una velocidad que rozaba la de una
bala percibida a quemarropa, la saludaba con una palmada y seguía su camino
adelantándose a esta.
Mis sentidos
escapaban a mi cordura. Las sensaciones de objetos perdiéndose, gente
envejeciendo, objetos envejeciendo y gente perdiéndose en el desván de una línea
temporal que no me había sentado a rememorar en siglos.
Y de pronto
ella.
Me mira con sus
ojos cálidos y su piel helada. Helada por el escalofrío, por el miedo. Por el
miedo de haberme visto, no como soy sino por haberme visto como ella no me quería
saber siendo. Al oído me susurra, en dulces tonos, que ya no hay vuelta atrás
para ninguno de nosotros; que nos hemos condenado a la perdición y, aún peor, a
la estupidez.
A su lado, en
el suelo, acompañándola hasta el final de sus momentos se retuerce su esperanza
en mí.
jueves, 1 de agosto de 2013
Olor a café...
Desperté con los ojos cerrados y el apetito
abierto. Percibiéndote sin verte. Pensando que lo que habíamos hecho no era más
que una broma de aquellas que la vigilia suele arrebatar al amanecer. De todas
formas, allí me encontraba, tendido y dispuesto a ser olvidado, puesto me habías
pensado, ya, de todas las maneras posibles. Estaba hallándome sin propósito.
Horrible parece, al describirla, tal
situación. Pero no alcanzan las ideas para ser lo suficientemente abarcativo sobre
la dicha del momento. El haber comprendido que ya estaba en plenitud de lo
pretendido. Dando cierre a la búsqueda de algo tan esencial, solo podía
continuar encontrar otra meta a alcanzar. Quizá volverte tan dichosa como lo
era yo.
Me pregunté reiteradas veces en solo un
instante el “cómo”, pero no me importaba realmente. La incógnita de la
significancia se volvió distante. Para sorpresa mía, me habías salvado.
Me habías salvado de mí mismo.
Me habías salvado de mí mismo.
jueves, 4 de julio de 2013
Su majestad.
De amarillo, vestía él, frente a la corte. Sus crímenes se veían ahora tan distantes, que se consideraba tan inocente como el resto de la concurrencia. Eso no era mucho decir tampoco, pues para ser jurado se debía ser una clase de inocente muy particular, de esos que cometen tantas infracciones como les da el tiempo a solas, de aquellos a los que el parpadeo de la vigilancia les resuena como un eco distante de sirena persecutora a la lejanía. Estaban todos reunidos frente a él no para juzgar sus tentaciones, solo querían reprocharle el que no pudiera haberlas escondido tan bien como ellos hacían gala de.
Trastornó sus ademanes de saludo y quebró la parafernalia que había presentado impecable hasta ese momento. Casi toma el asiento enfrente suyo y a mitad de flexión, decide erguirse nuevamente con aires de grandeza renovada. Mira a la posteridad, pues eso eran ellos.
—No serán ustedes quienes me juzguen, —se relamió, —no serán ustedes quienes me condenen. —Hizo una gran pausa tras ello.
Ya se había auto impuesto él mismo su castigo. Ellos solo obraban según su voluntad, la concordancia de sus deseos era solo banal, efímera. Eran niños jugando a no perder, pues torcían sus caprichos en dirección del regaño de un adulto. Testarudos.
Trastornó sus ademanes de saludo y quebró la parafernalia que había presentado impecable hasta ese momento. Casi toma el asiento enfrente suyo y a mitad de flexión, decide erguirse nuevamente con aires de grandeza renovada. Mira a la posteridad, pues eso eran ellos.
—No serán ustedes quienes me juzguen, —se relamió, —no serán ustedes quienes me condenen. —Hizo una gran pausa tras ello.
Ya se había auto impuesto él mismo su castigo. Ellos solo obraban según su voluntad, la concordancia de sus deseos era solo banal, efímera. Eran niños jugando a no perder, pues torcían sus caprichos en dirección del regaño de un adulto. Testarudos.
miércoles, 12 de junio de 2013
Insomnia.
Ideal como siempre, paseándote por el desván del imaginario, se te recuerda. Hermosa e intacta, percibida borrosa, con tal intensión, porque la tentativa de poseerte se rompe en pedazos al más mínimo indicio de posibilidad.
A veces el deseo de volver al momento y simplemente excusarse para salir de escena se vuelve irrefrenable.
Moviéndose impávido entre las tecnocracias de los congéneres. Sentirse alienígena ante los métodos resulta inesquivable.
¿Qué nos pertenece, acaso, aparte de la soledad? Lo último que podemos llamar nuestro.
Lo único que no podemos compartir.
A veces el deseo de volver al momento y simplemente excusarse para salir de escena se vuelve irrefrenable.
Moviéndose impávido entre las tecnocracias de los congéneres. Sentirse alienígena ante los métodos resulta inesquivable.
¿Qué nos pertenece, acaso, aparte de la soledad? Lo último que podemos llamar nuestro.
Lo único que no podemos compartir.
domingo, 21 de abril de 2013
Un café a la vez.
Te siento distante, porque distante te
conservo, para protegerme de las ansias de consumirte como tan
arraigado llevo en la costumbre de querer. Te alejo a cada paso con
cobardía inusitada. Porque solo eso nos separa de la ignominiosa
resaca veraniega del desamor.
A veces sueño con comerte en bocados,
de a poco. Otras, sueño que te devoro en un salvaje festín de
ansiedad y euforia.
Pero de nuevo, cada vez, te encuentro
más lejana.
Cada vez, te encuentro más distante.
Te siento soñada.
Diría, inalcanzable.
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