De amarillo, vestía él, frente a la corte. Sus crímenes se veían ahora tan distantes, que se consideraba tan inocente como el resto de la concurrencia. Eso no era mucho decir tampoco, pues para ser jurado se debía ser una clase de inocente muy particular, de esos que cometen tantas infracciones como les da el tiempo a solas, de aquellos a los que el parpadeo de la vigilancia les resuena como un eco distante de sirena persecutora a la lejanía. Estaban todos reunidos frente a él no para juzgar sus tentaciones, solo querían reprocharle el que no pudiera haberlas escondido tan bien como ellos hacían gala de.
Trastornó sus ademanes de saludo y quebró la parafernalia que había presentado impecable hasta ese momento. Casi toma el asiento enfrente suyo y a mitad de flexión, decide erguirse nuevamente con aires de grandeza renovada. Mira a la posteridad, pues eso eran ellos.
—No serán ustedes quienes me juzguen, —se relamió, —no serán ustedes quienes me condenen. —Hizo una gran pausa tras ello.
Ya se había auto impuesto él mismo su castigo. Ellos solo obraban según su voluntad, la concordancia de sus deseos era solo banal, efímera. Eran niños jugando a no perder, pues torcían sus caprichos en dirección del regaño de un adulto. Testarudos.
jueves, 4 de julio de 2013
miércoles, 12 de junio de 2013
Insomnia.
Ideal como siempre, paseándote por el desván del imaginario, se te recuerda. Hermosa e intacta, percibida borrosa, con tal intensión, porque la tentativa de poseerte se rompe en pedazos al más mínimo indicio de posibilidad.
A veces el deseo de volver al momento y simplemente excusarse para salir de escena se vuelve irrefrenable.
Moviéndose impávido entre las tecnocracias de los congéneres. Sentirse alienígena ante los métodos resulta inesquivable.
¿Qué nos pertenece, acaso, aparte de la soledad? Lo último que podemos llamar nuestro.
Lo único que no podemos compartir.
A veces el deseo de volver al momento y simplemente excusarse para salir de escena se vuelve irrefrenable.
Moviéndose impávido entre las tecnocracias de los congéneres. Sentirse alienígena ante los métodos resulta inesquivable.
¿Qué nos pertenece, acaso, aparte de la soledad? Lo último que podemos llamar nuestro.
Lo único que no podemos compartir.
domingo, 21 de abril de 2013
Un café a la vez.
Te siento distante, porque distante te
conservo, para protegerme de las ansias de consumirte como tan
arraigado llevo en la costumbre de querer. Te alejo a cada paso con
cobardía inusitada. Porque solo eso nos separa de la ignominiosa
resaca veraniega del desamor.
A veces sueño con comerte en bocados,
de a poco. Otras, sueño que te devoro en un salvaje festín de
ansiedad y euforia.
Pero de nuevo, cada vez, te encuentro
más lejana.
Cada vez, te encuentro más distante.
Te siento soñada.
Diría, inalcanzable.
sábado, 23 de febrero de 2013
Italic.
Quisiera
que te dieras cuenta, no por concretar, si no por, solo, darte cuenta. Quisiera
que supieras cuanto y, tal vez, desde cuando. Pero no puedo siquiera dar
una pista de ello.
No es parte de mí.
Entonces no.
Por lo tanto duele.
De esta forma es que duele.
viernes, 15 de febrero de 2013
Piedra angular.
Confundido me siento en épocas de placeres inocuos
y penitencias pasajeras. No por el estimado placer de recordar sino por tener
que sobrellevar constantemente el peso de olvidar tanto como conozco, porque a
sabiendas del como, elegí morir para dar paso a una nueva forma del ser que
ocupa, en este momento y al mismo tiempo, dos caminos de rumbos que difieren.
Consternado, tal vez, por la rabia que faltó
en su debido momento, el brillo de mis ojos se ve opacado por la, aún errónea y
salvaje, sonrisa de tu rostro, que refulge en el altar que construiste para
adorar a aquellos dioses en el espejo. Me pregunto si te darás cuenta a tiempo,
no de una decisión errónea, estas en ti no existen. Me pregunto si te darás
cuenta, acaso, de que el puñal en tu espalda ha chocado entre tus costillas
solo para advertirte con el estruendo de los cielos, que se acerca el momento
de que aprendas y por las malas, que a pesar de mi rudeza, te he enseñado por
las buenas.
Finalmente me encontraré vigilante. Me sentaré
frente a tu trono y te veré caer al suelo. Sin expresión en tu rostro, de tu
boca caerán nueces. Todos me buscarán, porque sin culpable no hay crimen. Se
olvidarán del arma homicida, muy común como para entretener. Se bajará el telón
y la gente aplaudirá al villano, dirán que está bien pensado, pero resulta
irreal.
Cielo raso.
Últimamente
estoy teniendo ciertos estallidos de ánimo en los cuales paso de una euforia
irrefrenable a una rabia tan ardiente como difícil de disipar.
Estas ocasiones, aunque poco anticipables,
resultan ser diarias, con la rigurosidad mecánica de un reloj de péndulo.
Estando a merced de mis impulsos más
primitivos, me considero idiota por caer presa de la estupidez colectiva.
No puedo evitar pensar en situaciones de
resolución que difiere de lo escogido por mi mal juicio, me critico silencios
que, en la más absoluta de las incomodidades, me enfrentan a dejarme morir como
un número más, de los tantos conocidos, o darle la final estocada al corazón de
quien, sosteniendo los pedazos rotos de este, me mira con la tristeza más
profunda que pueda ser sentida con la avidez de la mejor intencionada empatía.
Sin embargo, finalmente, veo el sol y recuerdo
que este sale sin importarle no ser visto, sin preocuparse por diletancias
ajenas y más que nada, no hace asco a brillar con despreocupado orgullo sobre
las cabezas de aquellos infelices que ven la noche como mal presagio y se
lamentan que otro no les alumbre el camino que ya conocen.
Tener miedo a estar solo es temer a la
introspección.
Temer de esta forma es temer a uno mismo.
viernes, 25 de enero de 2013
Tus manos de porcelana.
Y obnubilado me siento; capturado por tu
encanto, que a razón de equivalencia, me levanta con una mano y abofetea con la
otra.
Desprovisto de toda armadura me entrego, a los
actos juveniles de estupidez y recuerdo que, en tiempo irreconocible por la
memoria, me han dado disgustos y a gesticulación de puñal, abriendo mi corazón
de centro a extremos, punzadas imposibles de aliviar me produjeron.
Me siento estúpido en ocasiones y lleno de ira
en otras.
Pero finalmente, entregado a la calidez
absurda de la que se hace gala en tantos temas y se disfruta en tantos otros, me
dejo morir en tus brazos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)